¡No es posible que se pierda el hijo de tantas lágrimas!
– Pluma de Fe: Testigo autentico de la verdad.

Cardenal Sarah.
Por: Alejandra Villegas
(CATOLIN). – Hoy estamos recordando la memoria de Santa Mónica, madre de San Agustín; y, a propósito de ello, vale la pena recordar un pasaje muy bonito dentro de su libro Confesiones.
En los capítulos X y XI del libro III, San Agustín cuenta acerca de las plegarias y lágrimas de su madre, y de un sueño que ella tuvo sobre su conversión, nueve años diferida. En palabras de San Agustín:
“Ella lloraba por mi muerte espiritual con la fe que Tú le habías dado. Tú escuchaste su clamor. La oíste cuando ella, con sus lágrimas, regaba la tierra ante tus ojos; ella oraba por mí en todas partes, y Tú oíste su plegaria. Cuando ella se debatía en la tristeza, Tú le preanunciaste una gran alegría que no iba a tener sino mucho más tarde”.
Al poco tiempo, dice San Agustín:
“Otra respuesta le concediste por el ministerio de un sacerdote tuyo, de un obispo criado en tu Iglesia y ejercitado en tus libros. Le rogó, pues, mi madre que se dignara recibirme y hablara conmigo para refutar mis errores, desprenderme de ellos y enseñarme la verdad, ya que él solía hacer esto con personas que le parecían bien dispuestas. Pero él no quiso. Dijo que yo era todavía demasiado indócil, hinchado como estaba por el entusiasmo de mi reciente adhesión a la secta. Ella misma le había contado cómo yo, con cuestiones y discusiones, había descarriado ya a no pocas gentes de escasa instrucción. Le aconsejó: ‘Déjalo en paz, solamente ruega a Dios por él. Él mismo, con sus lecturas, acabará por descubrir su error y la mucha malicia que hay en él’”.
“Entonces —continúa San Agustín— le contó cómo él mismo, siendo niño, había sido entregado por su engañada madre a los maniqueos, había leído todos sus libros y aun escrito algunos él mismo; y cómo, sin que nadie disputase con él ni lo convenciese, había por sí mismo encontrado el error de la secta y la había abandonado. Y como ella no quería aceptar, sino que con insistencia y abundantes lágrimas le rogaba que me recibiera y hablara conmigo, el obispo, un tanto fastidiado, le dijo: ‘Déjame ya, y que Dios te asista. No es posible que se pierda el hijo de tantas lágrimas’. Estas palabras me las recordó muchas veces, como venidas del Cielo”.
Esta hermosa historia refleja, sin duda, una firme perseverancia en la oración de una madre y la confianza plena en Dios.
Nos recuerda que hay oraciones que quizá no vemos respondidas de inmediato, pero que nunca se pierden delante de Dios. Durante años, ella lloró y pidió por la conversión de su hijo Agustín. Humanamente, pudo parecer que nada cambiaba; sin embargo, Dios estaba obrando en silencio.
¡Qué hermosa aquella frase!: “No es posible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”. No significa que nuestras lágrimas obliguen a Dios a concedernos lo que pedimos, sino que nos recuerda que el amor verdadero, acompañado de fe y perseverancia, puede convertirse en una oración constante que pone nuestra esperanza en las manos de Dios.
Santa Mónica no dejó de creer cuando no veía resultados. Siguió orando cuando Agustín estaba lejos, siguió esperando cuando parecía que el cambio nunca llegaría y siguió confiando cuando las circunstancias parecían decirle lo contrario.
¡Cuántas veces nosotros también hemos pedido por un hijo, un esposo, un padre, una madre, un abuelo o una abuela, o simplemente por un familiar o una persona que amamos! Y, al no ver cambios, pensamos que Dios no nos escucha. Santa Mónica nos enseña precisamente lo contrario: Dios escucha incluso aquellas oraciones que hacemos entre lágrimas y en silencio.
Quizá hoy necesitamos aprender de ella a no desesperarnos, a no dejar de orar y, sobre todo, a confiar plenamente en Dios. Porque aquello que nosotros queremos resolver inmediatamente, Dios puede estar preparándolo poco a poco.
San Agustín finalmente encontró el camino hacia Dios, pero detrás de su conversión hubo una madre que nunca dejó de amarlo, de esperarlo y de ponerlo en las manos de Dios.
Por eso, hoy podemos quedarnos con una certeza: ninguna oración hecha con amor y fe es inútil. Tal vez no veremos inmediatamente sus frutos, pero Dios sabe cuándo y cómo tocar cada corazón.
Que sea el ejemplo de Santa Mónica el que nos enseñe a orar sin cansarnos, a llorar sin perder la esperanza y a confiar en Dios incluso cuando todavía no vemos el milagro, para que cada día seamos testigos auténticos de la verdad.

Ale Villegas es jefa de redacción en CATOLIN, Licenciada en Derecho por la Universidad Veracruzana (UV) y en Geografía por la Universidad Veracruzana.




