Sale a la luz el testamento espiritual del cardenal Ruini: expresa gratitud a Juan Pablo II y Benedicto XVI y reconoce inquietudes sobre algunas orientaciones del pontificado de Francisco
– El documento, fechado en 2016 y difundido íntegramente por un portal italiano, recoge reflexiones personales del antiguo Vicario de Roma sobre su vida sacerdotal, la fe y el camino de la Iglesia.

El cardenal Camillo Ruini. Foto por: Vatican news
(CATOLIN). – El testamento espiritual del cardenal Camillo Ruini fue publicado íntegramente por el portal italiano Messa in Latino, dando a conocer una extensa reflexión personal marcada por el agradecimiento, la revisión de vida y algunas consideraciones sobre distintos momentos recientes de la Iglesia.
El documento está fechado el 3 de junio de 2016, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, y fue redactado tres años después de la elección del Papa Francisco y tras la publicación de Amoris laetitia, aunque antes de acontecimientos posteriores que también generaron debate eclesial.
Según explicó Luigi Casalini, responsable del portal que difundió el texto, la decisión de publicarlo completo respondió al deseo de evitar versiones parciales o modificadas del contenido. De acuerdo con la información difundida, el documento fue obtenido de fuentes eclesiásticas.
En el texto, Ruini realiza una amplia acción de gracias por su vida, su vocación sacerdotal y las personas que lo acompañaron en distintos momentos de su camino personal y ministerial. También recuerda sus años de formación y su servicio como sacerdote, obispo y colaborador cercano de distintos pontificados.
Una parte importante del testamento está dedicada a su relación con San Juan Pablo II, de quien fue colaborador directo durante más de dos décadas. El cardenal describe ese periodo como una gracia especial y destaca haber reconocido en aquel pontificado una profunda unión entre oración, vida y misión pastoral.
Ruini también expresa gratitud hacia Papa Benedicto XVI por los años de colaboración posteriores y por el afecto recibido.
Respecto al pontificado del Papa Francisco, el cardenal señala que recibió con alegría su elección y afirma haber apoyado desde el inicio su ministerio. Además, reconoce y agradece lo que define como un fuerte impulso evangelizador.
Sin embargo, en el mismo texto admite experimentar una situación de inquietud frente a ciertas orientaciones que, según su percepción, podrían reabrir tensiones surgidas después del Concilio. Ante ello, expresa una petición espiritual para confiar en que la Iglesia pertenece a Cristo y permanece bajo su cuidado más allá de las perspectivas humanas.
A lo largo del testamento, Ruini también realiza una revisión personal de conciencia, reconociendo límites en su respuesta a Dios, debilidades en la vivencia de la fe y aspectos de su vida que considera no haber vivido plenamente.
El documento concluye con una oración marcada por la confianza en la misericordia divina y una petición de perseverancia final, ofreciendo una reflexión espiritual que el propio cardenal presenta como preparación para el encuentro definitivo con Dios.
Durante la misa de réquiem celebrada en la Basílica de San Pedro, el Papa León XIV citó una frase del testamento para destacar el espíritu de humildad y gratitud del cardenal hacia quienes lo acompañaron en su ministerio.
Testamento espiritual de Camillo Ruini
Acción de gracias y petición de arrepentimiento a Dios y a los hermanos.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Te doy gracias, Señor, por la larga vida que me has dado, por haberme hecho cristiano, por la llamada al sacerdocio y por mis muchos años como sacerdote y luego como obispo. Te doy gracias por haber sido y seguir siendo tan amado, por mis padres Francesco e Iolanda, por mi hermana Donata, por mis abuelos Idelberto y Maria y por mi tío Guido, con quienes viví: su afecto me dio fuerza y seguridad durante toda mi vida. Te doy gracias por la otra abuela, Emma, por los tíos Riccardo y Tina, por mi primo Carlo y su esposa Carla y por los demás familiares. Te doy gracias por ser amado y cuidado con tanta dedicación por mi fidelísima Pierina, amado y atendido con gran generosidad por mi secretario Don Mauro, ahora obispo de Tivoli, por Mara, que quiso permanecer a mi lado incluso después del final de mi mandato como Cardenal Vicario, por Don Nicola, Angela, Claudia de la CEI y muchos otros colaboradores míos. Y, en la vida doméstica, por Palmizia, Sergio y Raffaella.
Te doy gracias, Señor, por los amigos de Sassuolo, por mi párroco Mons. Zelindo Pelluti, por Don Dino Carretti, que me guio y acompañó en la acogida de la vocación sacerdotal. Te doy gracias por los años de formación en el Colegio Capranica y en la Universidad Gregoriana, por los superiores, profesores, compañeros y amigos que tuve, en particular los recordados Don Osvaldo Ronzon, Don Valerio Massucci, Don Nicola Battarelli y Don Nicolino Barra. Te doy gracias por mi servicio como sacerdote y profesor en Reggio Emilia, por mis obispos Beniamino Socche y sobre todo Gilberto Baroni, de quien tanto recibí y tanto aprendí, por los muchos sacerdotes y laicos, hombres y mujeres de varias generaciones, especialmente por aquellos que incluso ahora están más cerca de mí: de ellos recibí no menos de lo que traté de dar. Te doy gracias por el Concilio Vaticano II, por haberlo vivido y haber contribuido a hacerlo vivir con alegría en Reggio Emilia, y también por haberme dado la lucidez y la fuerza para oponerme a las desviaciones posconciliares.
Después, Señor, cuando cierto cansancio amenazaba con oprimir mi sacerdocio, tú tuviste piedad de mí y, con sorpresa y desconcierto, me llamaste al episcopado: fue una gracia tan grande como inmerecida, una renovación y un fortalecimiento de mi vocación. Desde entonces se multiplicaron quienes rezan por mí y según mis intenciones, supliendo la pobreza de mi oración. Desde entonces, en poco tiempo, me convertí en una figura pública, aunque siempre procuré seguir siendo una persona sencilla: en este sentido, seguir siendo el de antes.
Una gracia completamente especial fue para mí Juan Pablo II. Desde el comienzo de su ministerio vi realizarse en él aquello que percibía confusamente dentro de mí y que Pablo VI ya había señalado, entre muchas resistencias e incomprensiones. Nunca, sin embargo, habría imaginado convertirme en un colaborador directo suyo, como lo fui durante más de veinte años, desde el otoño de 1984, cuando se preparaba el Congreso de Loreto, hasta su muerte. En Juan Pablo II experimenté tu presencia, Señor; pude tocar con mis manos la unión en la oración, la inseparabilidad entre oración, vida y apostolado, el valor de la fe que guía la historia, la capacidad de amar y de perdonar. Por culpa mía, Señor, traté de seguir su ejemplo en aquello que correspondía a mi inclinación, pero mucho menos en aquello que habría remediado mis más graves carencias.
En concreto, durante los veintidós años de mi ministerio romano, en la CEI y en el Vicariato, espero, Señor, haber actuado no por intereses personales sino por los objetivos que me habían sido confiados y que compartía de todo corazón: así superé resistencias y hostilidades nada pequeñas, especialmente al principio, tanto en la CEI como en el Vicariato. Reconozco y confieso, sin embargo, que a veces actué con dureza de fondo, bajo formas generalmente —aunque no siempre— amables: por ello pido perdón al Señor y a todas las personas, vivas y difuntas, a quienes causé dolor. Pero debo darte gracias, Señor, por las personas con las que tuve la alegría de colaborar: en particular Mons. Giovanni Battista Re y Mons. Stanislao Dziwisz, los secretarios de la CEI Mons. Dionigi Tettamanzi, Mons. Ennio Antonelli y Mons. Giuseppe Betori, los vicegerentes de Roma Mons. Remigio Ragonesi, Mons. Cesare Nosiglia, Mons. Luigi Moretti, Annick Johnson, Dino Boffo, Sergio Belardinelli, Vittorio Sozzi, el recordado Mons. Giuseppe Cacciari, el cardenal Angelo Scola, pero también muchísimos otros, entre ellos los párrocos de Roma y los directores de las oficinas de la CEI y del Vicariato: con no pocos de ellos he mantenido un vínculo duradero.
Ahora llevo ocho años como emérito y te doy gracias, Señor, por haberme concedido todo este tiempo para prepararme para el encuentro supremo contigo, pero también te pido perdón por haber utilizado muy poco este tiempo con ese propósito. En verdad, hasta ahora he sido un emérito muy ocupado, por diversos encargos que he recibido y sobre todo porque me he dedicado a la pasión por el estudio que nació en mí durante la adolescencia y que después siempre me ha acompañado. Los temas que he elegido, Dios y la vida después de la muerte, por sí mismos disponen al encuentro contigo, y los dos libros en los que los he condensado pretenden ser una contribución, aunque mínima, a la evangelización. Sin embargo, en la práctica, el trabajo de escribir no ha favorecido la libertad de mi espíritu para la oración.
Pero las causas de esta escasa libertad son sobre todo mis pecados y la debilidad de mi respuesta al amor del Señor: estas cosas quisiera confesar, esperando no escandalizar a nadie, sino estimular a rezar por mí y a hacerlo mejor que yo. Confieso ante todo la pequeñez de mi fe. Desde pequeño tuve el don de la fe y recé mis oraciones; la fe me ha acompañado y sostenido siempre hasta hoy, particularmente al acoger la llamada al sacerdocio. A defender la fe me dediqué, ya desde mis años de estudiante de bachillerato, sin timidez ni miedo. Traté de profundizar mediante el estudio en sus contenidos y en sus razones, de proponerla y defenderla con pasión y convicción. A pesar de todo esto, sin embargo, en el secreto de mi corazón siempre fui tentado precisamente en la fe, aunque, por gracia de Dios, creo no haber cedido nunca a la tentación. Concretamente, mi fe era y sigue siendo insuficiente para sostener y animar una vida que debería estar totalmente dedicada a Dios y a los hermanos. Señor, ten piedad de mí y fortaléceme en la fe, en la última y decisiva etapa de mi camino terrenal.
Virgen María, nuestra dulce Madre, intercede para que el amor de Dios llene mi corazón y me conceda la verdadera libertad. «Hay más dicha en dar que en recibir» (Hechos 20,35): esta palabra de Jesús ha sido para mí siempre casi una evidencia y una inclinación natural, vinculada también al hecho de que nunca me encontré en la necesidad. Así, gracias a la gran generosidad de mis padres y de mi hermana, durante todo el tiempo en que fui sacerdote en Reggio pude trabajar prácticamente gratis. Más tarde recibí mucho dinero, pero no incrementé los bienes de la familia, destinando lo superfluo a ayudar a personas en dificultad. También aquí, sin embargo, no puse en práctica la invitación del Señor a dejarlo todo para seguirlo y no renuncié a un nivel de vida sencillo pero cómodo.
Siempre he sido «papista» y doy gracias por ello al Señor y a mis formadores, en particular a los profesores de la Gregoriana. Después de Juan Pablo II, colaboré durante tres años con Benedicto XVI y le doy gracias de todo corazón, también por el afecto que todavía hoy me demuestra. Cuando fue elegido el papa Francisco me alegré y, en la medida de mis posibilidades, fui inmediatamente uno de sus partidarios. También hoy me alegro y le agradezco su extraordinario impulso evangelizador. Debo confesar, sin embargo, que me encuentro en una situación de incomodidad, ciertamente no por motivos personales, sino porque me cuesta comprender algunas orientaciones que me parecen reabrir heridas que, después del Concilio, apenas habían sido curadas. Pido humildemente al Señor que me convenza interiormente de que la Iglesia es suya y de que Él mismo cuida de ella, más allá de nuestras perspectivas humanas.
Señor, ayúdame a aceptar la pequeña cruz de mi decadencia, por ahora física, y la progresiva desaparición de mi papel: es la gracia que ahora me das para prepararme mejor al encuentro contigo.
Señor, solo tú sabes por qué me llamaste; tu amor es totalmente gratuito, inmerecido y creador. Haz que no lo rechace; perdóname también por haberlo eludido y defraudado ya demasiadas veces. Señor, Dios fiel, no te canses de amarme y de llamarme, de convertirme. Padre rico en misericordia, concede a mí y a todos mis hermanos en humanidad la gracia de la perseverancia final.
Roma, 3 de junio de 2016
Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Camillo Card. Ruini

CEO de CATOLIN, Lic. en comunicación por la Universidad Anáhuac Veracruz Campus Xalapa, Mtro. en Mercadotecnia por la Universidad de Xalapa, Fotógrafo y rapero católico.




