Compartir

San Pelayo, el niño mártir que prefirió morir antes que ser sodomizado: concluye su año jubilar en Córdoba

San Pelayo el nino martir que prefirio morir antes que ser sodomizado concluye su ano jubilar en Cordoba

Pintura y clausura el año jubilar de San Pelagio

(CATOLIN). – Con una emotiva celebración en rito hispano-mozárabe en la capilla del Seminario Mayor de Córdoba, el obispo Mons. Jesús Fernández puso fin al Año Jubilar de San Pelayo, al cumplirse 1,100 años del martirio del joven gallego que entregó su vida por fidelidad a Cristo.

San Pelayo, de apenas 13 años, fue ejecutado brutalmente en el año 925 por negarse a renunciar a su fe y ceder ante los intentos de seducción del califa Abderramán III, quien lo mantenía como prisionero en su corte tras ser canjeado por su tío, el obispo Hermogio de Tuy. A pesar de la promesa de riquezas, poder y placeres mundanos, el joven proclamó con firmeza: “Soy cristiano, lo he sido y lo seré… Cristo es el único Dios”, rechazando con coraje las insinuaciones del emir.

Durante su homilía, Mons. Fernández exaltó el ejemplo del mártir como modelo de castidad, oración y amor radical a Cristo:

“Pelayo fue un niño puro, libre y valiente. No se dejó comprar por el poder, ni corromper por las promesas del mundo. Su único amor era Jesucristo, y prefirió la muerte antes que traicionar ese amor”.

El prelado invitó especialmente a los seminaristas a imitar la entrega del santo en un tiempo donde la fe es muchas veces desafiada desde dentro y fuera de la Iglesia:

“San Pelayo sería hoy un seminarista, firme en la oración, casto en el corazón, y radicalmente fiel al Evangelio. Que su testimonio inspire en vosotros una vocación limpia, sin doblez ni miedo al sacrificio”.

La vida de San Pelayo ha sido relatada por autores cristianos y musulmanes de la época. Su martirio, que consistió en ser descuartizado y arrojado al río Guadalquivir, fue visto ya entonces como una respuesta sobrenatural frente a la corrupción de una corte que promovía la prostitución religiosa, la apostasía y la compra de cargos mediante servicios impuros, según relatan los cronistas. En un ambiente saturado por la decadencia moral, el joven cautivo brilló con santidad, oración, valentía y una castidad heroica.

Sus reliquias, recuperadas por cristianos fieles, fueron llevadas primero a León y después a Oviedo. Parte de ellas regresaron a Córdoba a finales del siglo XVIII y se veneran actualmente en el Seminario Mayor, bajo el patronazgo del santo.

La clausura del Año Jubilar ha sido una ocasión para renovar la devoción a este mártir de la pureza, en un tiempo donde los modelos de santidad juvenil son urgentemente necesarios. La diócesis destacó el papel del santo como patrono de los seminaristas y protector de quienes, como él, deciden vivir una vida consagrada a Cristo, aún en medio de las pruebas más duras.

San Pelayo de Córdoba (912–925)

San Pelayo nació en el año 912 en Galicia, a orillas del río Miño. Desde pequeño vivió en un ambiente cristiano profundamente devoto, siendo sobrino del obispo Hermogio de Tuy. Su formación comenzó en el entorno eclesial: asistía a la escuela episcopal, servía como monaguillo en la catedral, y participaba en las liturgias mozárabes, donde se destacaba por su piedad, docilidad y pureza de corazón.

Un niño entre reyes y califas

La historia de Pelayo se enmarca en un período de grandes tensiones entre el mundo cristiano y el musulmán. En la batalla de Val de Junquera, en 920, el ejército cristiano sufrió una dura derrota a manos de Abderramán III, califa de Córdoba. Entre los prisioneros se encontraba su tío Hermogio. Al conocer su situación, Pelayo, con apenas 10 años, se ofreció voluntariamente como rehén a cambio de su tío, confiando en que sería liberado pronto. El rescate prometido nunca llegó, y el niño quedó prisionero en la corte cordobesa.

Durante los tres años de su cautiverio, Pelayo vivió como esclavo en la refinada pero corrupta ciudad de Córdoba. Su vida transcurrió en trabajos forzados, oración perseverante y estudios de textos sagrados. Lejos de perder la fe, el joven creció en virtud: era casto, humilde, prudente, lleno de caridad con sus compañeros y celoso defensor de su fe. Según el presbítero Raguel, su conducta era ejemplar: nunca protestó, jamás mostró odio a sus captores y mantuvo una actitud serena y sobrenatural.

La corrupción del poder frente a la inocencia de un niño

En esos años, la corte de Abderramán III —descrita por algunos como ilustrada y avanzada— estaba impregnada por el desenfreno moral, el hedonismo y la manipulación del poder a través de la corrupción sexual. En este contexto, la belleza juvenil de Pelayo fue comunicada al califa, quien mandó traerlo a su presencia. Vestido con ropas lujosas y aún con las cadenas de su cautiverio, Pelayo fue presentado ante el emir con promesas de riqueza, poder y placeres sensuales, si aceptaba renunciar a su fe y someterse a los deseos sodomitas del gobernante.

El niño respondió con una valentía que asombra aún hoy:

“Soy cristiano, lo he sido y lo seré. Lo que me ofreces pasará, pero Cristo, al que adoro, es eterno”.

El califa, furioso ante el rechazo, intentó seducirlo físicamente. Pelayo se defendió con firmeza, incluso rompiendo su propia túnica para evitar ser tocado, y lo increpó con indignación:

“¡Retírate, perro! ¿Crees que soy como los tuyos, afeminado y sin honra?”

Ni las promesas ni las amenazas lograron doblegar al joven. Ante su negativa a ser sodomizado y a apostatar de su fe, Abderramán ordenó su ejecución de forma cruel: fue suspendido en una garrucha y desgarrado con hierros hasta ser descuartizado. Su cuerpo fue arrojado al río Guadalquivir, pero cristianos fieles recogieron sus restos y los veneraron como los de un mártir de la pureza.

El eco de una vida santa

San Pelayo murió el 26 de junio del año 925, a los 13 años y medio, dando testimonio heroico de castidad, fe y amor a Cristo. Su martirio fue tan impactante que, a pesar de la censura moral posterior, su historia se transmitió por generaciones como un ejemplo radical de fidelidad a Dios frente a los poderes de este mundo. Sus reliquias fueron trasladadas a León en el año 967 y, posteriormente, a Oviedo, donde aún son veneradas. Una parte de sus restos se encuentra en la capilla del Seminario Mayor de Córdoba.

En su fiesta litúrgica, el 26 de junio, la Iglesia reza:

“Señor, Padre nuestro, que prometiste a los limpios de corazón la recompensa de ver tu rostro, concédenos tu gracia y tu fuerza, para que, a ejemplo de san Pelayo, mártir, antepongamos tu amor a las seducciones del mundo y guardemos el corazón limpio de todo pecado”.

Etiqueta


Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *