Compartir

“Antes de ser creyentes, estamos llamados a ser humanos”: León XIV reflexiona sobre la compasión en la parábola del buen samaritano

– El Papa invitó a pasar del “¿quién me quiere?” al “¿quién ha querido?”, subrayando que la prisa y el egoísmo impiden ver al prójimo caído en el camino.

Antes de ser creyentes estamos llamados a ser humanos Leon XVI reflexiona sobre la compasion en la parabola del buen samaritano

Papa León XIV

(CATOLIN). – En su audiencia general de este miércoles en la Plaza de San Pedro, el Papa León XIV profundizó en la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37), como parte del ciclo de catequesis para el Jubileo 2025 titulado “Jesucristo, nuestra esperanza”. El Pontífice abordó el relato evangélico como una clave para redescubrir la compasión, que —según dijo— es antes que nada una cuestión de humanidad.

La falta de esperanza, a veces, se debe al hecho de que nos aferramos a una forma rígida y cerrada de ver las cosas”, comenzó diciendo el Papa, subrayando que las parábolas “nos ayudan a mirarlas desde otro punto de vista”. En este contexto, analizó la figura del doctor de la ley que interroga a Jesús, y cómo su pregunta sobre el prójimo delata un enfoque egoísta y autorreferencial.

La única palabra sobre la que pide explicaciones a Jesús es el término ‘prójimo’, que literalmente significa el que está cerca”, explicó el Papa, señalando que Jesús transforma esa inquietud con una historia que interpela y desinstala. Según León XIV, se trata de “pasar del ‘¿quién me quiere?’ al ‘¿quién ha querido?’”, y entender así el llamado a salir de uno mismo.

Refiriéndose al sacerdote y al levita que pasan de largo ante el hombre herido, el Pontífice advirtió que “la práctica del culto no lleva automáticamente a ser compasivos” y remarcó: “Antes que una cuestión religiosa, la compasión es una cuestión de humanidad. Antes de ser creyentes, estamos llamados a ser humanos”.

También criticó la prisa como uno de los males contemporáneos que impide detenerse por el otro. “Es precisamente la prisa, tan presente en nuestra vida, la que muchas veces nos impide sentir compasión”, afirmó.

El Papa elogió en cambio la actitud del samaritano, quien “se detiene simplemente porque es un hombre frente a otro hombre que necesita ayuda”. León XIV resaltó que la compasión se expresa en gestos concretos: “El samaritano se acerca, le venda las heridas, lo monta en su cabalgadura, lo lleva a una posada, gasta dinero y promete volver”.

Y añadió con fuerza: “El otro no es un paquete para entregar, sino alguien de quien hacerse cargo”.

En una reflexión más íntima, el Santo Padre invitó a reconocerse en el herido del camino: “Cuando hayamos entendido que ese hombre herido nos representa a cada uno de nosotros, el recuerdo de todas las veces que Jesús se ha detenido para cuidarnos nos hará más capaces de compasión”.

Finalmente, el Papa León XIV exhortó a los fieles a pedir al Sagrado Corazón de Jesús “la gracia de tener cada vez más sus mismos sentimientos”, para que nuestras relaciones “sean más verdaderas y más ricas en compasión”.

Audiencia general de León XIV

Plaza de San Pedro
Miércoles, 28 de mayo de 2025

Ciclo de Catequesis – Jubileo 2025. Jesucristo nuestra esperanza. II. La vida de Jesús. Las parábolas. 7. El samaritano. «Pasó junto a él, lo vio y se conmovió» (Lc 10,33b)

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos meditando sobre algunas parábolas del Evangelio que son una ocasión para cambiar de perspectiva y abrirnos a la esperanza. La falta de esperanza, a veces, se debe al hecho de que nos aferramos a una forma rígida y cerrada de ver las cosas, y las parábolas nos ayudan a mirarlas desde otro punto de vista.

Hoy quisiera hablarles de una persona experta, preparada, un doctor de la Ley, que sin embargo necesita cambiar de perspectiva, porque está centrado en sí mismo y no se da cuenta de los demás (cf. Lc 10,25-37). De hecho, él interroga a Jesús sobre cómo se “hereda” la vida eterna, utilizando una expresión que la entiende como un derecho indiscutible. Pero detrás de esta pregunta quizá se oculta precisamente una necesidad de atención: la única palabra sobre la que pide explicaciones a Jesús es el término «prójimo», que literalmente significa el que está cerca.

Por eso Jesús cuenta una parábola que es un camino para transformar esa pregunta, para pasar del ¿quién me quiere? al ¿quién ha querido? La primera es una pregunta inmadura, la segunda es la pregunta del adulto que ha comprendido el sentido de su vida. La primera pregunta es la que pronunciamos cuando nos encerramos y esperamos; la segunda es la que nos impulsa a ponernos en camino.

La parábola que cuenta Jesús tiene, de hecho, como escenario precisamente un camino, y es un camino difícil y escarpado, como la vida. Es el camino que recorre un hombre que baja de Jerusalén, la ciudad en la montaña, a Jericó, la ciudad bajo el nivel del mar. Es una imagen que ya anticipa lo que podría suceder: ocurre en efecto que ese hombre es asaltado, golpeado, robado y dejado medio muerto. Es la experiencia que se vive cuando las situaciones, las personas, a veces incluso aquellos en quienes hemos confiado, nos quitan todo y nos dejan en medio del camino.

Pero la vida está hecha de encuentros, y en esos encuentros mostramos quiénes somos. Nos encontramos frente al otro, ante su fragilidad y su debilidad, y podemos decidir qué hacer: si hacernos cargo de él o hacer como si nada. Un sacerdote y un levita bajan por ese mismo camino. Son personas que prestan servicio en el Templo de Jerusalén, que habitan en el espacio sagrado. Y sin embargo, la práctica del culto no lleva automáticamente a ser compasivos. En efecto, antes que una cuestión religiosa, la compasión es una cuestión de humanidad. Antes de ser creyentes, estamos llamados a ser humanos.

Podemos imaginar que, después de haber estado mucho tiempo en Jerusalén, ese sacerdote y ese levita tienen prisa por volver a casa. Es precisamente la prisa, tan presente en nuestra vida, la que muchas veces nos impide sentir compasión. Quien piensa que su propio viaje debe tener prioridad, no está dispuesto a detenerse por otro.

Pero he aquí que llega alguien que efectivamente es capaz de detenerse: es un samaritano, uno que por tanto pertenece a un pueblo despreciado (cf. 2Re 17). En su caso, el texto no precisa la dirección, solo dice que estaba de viaje. Aquí la religiosidad no tiene nada que ver. Este samaritano se detiene simplemente porque es un hombre frente a otro hombre que necesita ayuda.

La compasión se expresa a través de gestos concretos. El evangelista Lucas se detiene en las acciones del samaritano, al que llamamos «bueno», pero que en el texto es simplemente una persona: el samaritano se acerca, porque si quieres ayudar a alguien no puedes pensar en mantenerte a distancia, debes implicarte, ensuciarte, quizá contaminarte; le venda las heridas después de haberlas limpiado con aceite y vino; lo monta sobre su cabalgadura, es decir, se hace cargo de él, porque se ayuda de verdad cuando uno está dispuesto a sentir el peso del dolor del otro; lo lleva a una posada donde gasta dinero, «dos denarios», más o menos dos jornadas de trabajo; y se compromete a volver y eventualmente a pagar más, porque el otro no es un paquete para entregar, sino alguien de quien hacerse cargo.

Queridos hermanos y hermanas, ¿cuándo seremos también nosotros capaces de interrumpir nuestro viaje y tener compasión? Cuando hayamos entendido que ese hombre herido en el camino nos representa a cada uno de nosotros. Y entonces, el recuerdo de todas las veces que Jesús se ha detenido para cuidarnos nos hará más capaces de compasión.

Recemos, pues, para que podamos crecer en humanidad, de modo que nuestras relaciones sean más verdaderas y más ricas en compasión. Pidamos al Corazón de Cristo la gracia de tener cada vez más sus mismos sentimientos.

Etiqueta


Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *