«Dios me lo prestó 36 años»: el conmovedor testimonio de la madre de Irwing Contreras
– A un año de la muerte de Irwing Contreras, evangelizador de Xalapa, su madre, Isabel Sánchez, recuerda al niño que desde los nueve años comenzó a servir en la Iglesia, al joven que llevó el Evangelio a distintos grupos y al maestro que acompañó a sus alumnos incluso en los momentos más difíciles. En esta entrevista, comparte también cómo vive el duelo desde la fe y dónde ha encontrado consuelo.

Misión de Semana Santa 2026
(CATOLIN).– a poco más de un año de la partida de Irwing Contreras, evangelizado Xalapeño, a la casa del Padre en CATOLIN entrevistamos a su madre, la señora Isabel Sánchez.
Como madre creyente, sabe que la muerte no tiene la última palabra. En este año de ausencia, ¿cómo ha experimentado el consuelo de Dios y qué significa para usted seguir orando por el alma de su hijo?
La ausencia de mi hijo es muy difícil. Cuando me informaron que había fallecido, sentí que mi corazón se partía. Lo primero que pensé fue: «Ya no lo voy a tener, ya no lo voy a abrazar, ya no voy a platicar con él».
La manera en que recibí la noticia fue muy dolorosa. Pero quiero decirles que, desde que mi hijo se internó y durante todo este proceso de dolor, he estado tomada de la mano de Dios.
No soy de las personas que están metidas todo el tiempo en la Iglesia. Vamos los sábados y domingos y estamos en el coro de la parroquia de Guízar y Valencia. Pero si uno no está tomado de la mano de Dios, yo creo que este sufrimiento como padres no lo pudiéramos haber resistido.
Yo veo a muchos padres que se debilitan y que quedan paralizados. Nosotros no le reprochamos nada a Dios, nada. Dios nos ha dado mucho consuelo. Hablamos con Dios y Dios es quien nos da la fuerza.
Algo que tenemos dentro del corazón, aunque ya no vemos a nuestro hijo, es que Dios se lo llevó por algo y que mi hijo ya había cumplido su tiempo aquí en la tierra.
Yo sé que Dios me lo prestó. Es difícil, pero sé que me lo prestó por 36 años. Hay madres que ni un mes tienen a su hijo, o lo tienen un año, dos años, cinco años, y a mí me lo prestó muchos años.
También doy gracias a Dios porque me ha permitido sentir a mi hijo. Hay noches en las que siento que está ahí. He escuchado sus palabras diciéndome: «Mamá, tranquila, todo está bien. Quiero verte bien».
Yo le pido a Dios y también a mi hijo que interceda por nosotros, que cuide y proteja a sus padres, a sus hermanos y a toda su familia.
Todos estamos en manos de Dios. En las buenas y en las malas, Dios está con nosotros y siempre debemos agradecerle por todas las bendiciones que nos da.
Cuando piensa en Irwing, ¿cuál es el primer recuerdo que le roba una sonrisa y la hace sentir que, de alguna manera, sigue presente?
Cuando veo sus fotos hablo con él. Le cuento sus ocurrencias y sonrío, trato de no llorar. Al principio lo veía y las lágrimas salían solas. Ahora solamente le digo: «Hijo, estarás en mi corazón y en mi mente».
Irwing siempre estaba con nosotros. Comíamos juntos, nos platicaba lo que le pasaba, sus proyectos, lo que iba a hacer. Teníamos mucha confianza.
Inclusive ahora estoy platicando y tengo su fotografía a un costado. Estoy viendo su cara, una foto que está en el mar, en Cabo San Lucas. La mandamos a imprimir y, junto a él, dice: «Gracias».
Muchos conocieron al evangelizador, pero usted conoció primero al niño. ¿Cómo era Irwing en casa y qué rasgos de su infancia cree que Dios fue moldeando en él?
Irwing fue un niño muy inteligente desde temprana edad. También fue un niño muy consentido. Como mi esposo y yo trabajábamos, tuvo una nana durante cinco años que lo cuidó mucho.
En la escuela era muy inteligente y también cuidaba a su hermano Alexis. Los dos fueron niños muy talentosos.
Los llevamos a natación, computación, inglés, música. Irwing estuvo en el Instituto de Música y ahí descubrieron que tenía facilidad para la música. Tocaba la trompeta y le decían que tocaba muy bonito.
Pero también tenía una facilidad enorme para relacionarse con las personas. Desde pequeño podía sentarse a hablar con adultos. Incluso cuando iba en el camión, se ponía a platicar con las personas.
Recuerdo que una vez un amigo me dijo: «Qué hijo tan inteligente tienes. ¿Qué le pregunto y qué no sabe?».
Él leía, veía muchas cosas y después podía hablar de ellas con otras personas. Tenía muchos temas y sabía expresarse.
Y cuando agarraba un micrófono, no lo parábamos. Tenían que quitárselo.
Pero creo que uno de los momentos más importantes fue cuando tenía nueve años. Un domingo le dije que había un coro en la iglesia de Guízar y Valencia y le propuse que entrara. Me dijo que no, que tenía mucha tarea.
Después pasó algo y el siguiente domingo me dijo:
«Mamá, ya estoy en el coro».
Y desde ahí ya no lo soltó.
Comenzó con la Biblia, empezó a hablar con los sacerdotes y fue creciendo en su relación con Dios. Desde pequeño se entregó a la Iglesia.
¿Cómo descubrió, después de su muerte, la dimensión de lo que Irwing había sembrado en otras personas?
Yo veía que mi hijo estaba en un grupo y después se iba a otro. Yo decía: «¿Por qué cambia tanto de grupo? Aquí me presentó uno, está muy bien; acá en otro también».
Pero ahora que pasó lo que pasó, entendí que él sembraba una semillita en cada lugar.
Cuando veía que ya había sembrado algo importante, se iba a otro grupo y volvía a sembrar.
Yo sabía que estaba sembrando, pero no sabía qué tanto había sembrado.
Cuando me dieron el pésame, comenzaron a acercarse jóvenes y adultos y me contaron cosas que mi hijo había hecho por ellos.
Inclusive dos jóvenes que habían estado al punto de suicidio hablaron con él y salieron adelante. Me decían que lo amaban, que lo querían y que no iba a haber otro maestro como él.
Fue hasta su misa cuando me di cuenta de cuánta gente conocía a mi hijo. La iglesia estaba llena.
Ahí entendí que tenía muchos hermanos que, aunque no fueran de sangre, estuvieron presentes con él.
Eso de alguna manera sana mi corazón y me dice: «Mi hijo hizo lo que tuvo que hacer».
Irwing también fue maestro. ¿Cómo recuerda esa faceta de su vida?
Él siempre estaba para ayudar a los jóvenes.
Sus alumnos le hablaban incluso a la una o dos de la mañana. Le decían que no podían abrir el correo, que tenían algún problema con una tarea, y ahí estaba mi hijo tratando de ayudarlos.
Yo le decía: «Irwing, ya no hagas eso».
Y él me respondía algo así como: «Mamá, es que son esos muchachos que necesitan ayuda. Hay que ayudarlos porque, si no los ayudamos nosotros, ¿quién nos va a ayudar?».
También me platicaba de sus alumnos y de cómo buscaba que utilizaran el teléfono como una herramienta para hacer trabajos y tareas.
Creo que por eso se ganó el cariño de sus alumnos.
No había un diploma que no llevara los cinco puntos. Solamente en una ocasión, según recuerdo, obtuvo 4.9 de sus alumnos en la Anáhuac, donde daba clases.
También fue muy querido por sus maestros y compañeros.
Irwing compuso canciones y participó durante años en la vida de la Iglesia. ¿Qué significaba para él evangelizar?
Él nunca quiso perderse nada de la Iglesia.
Cuando estudió Comunicación en Veracruz, yo le decía: «Irwing, ¿vas a venir cada ocho días? No vamos a tener dinero».
Y mi hijo se iba a cantar a los camiones para juntar dinero y poder regresar. Cantaba canciones de Dios y también canciones de otros artistas.
Lo hacía porque no quería perderse las actividades de la Iglesia.
Tenía sus Biblias, llenas de apartados y marcadas. Ahora yo pienso que mi tarea es leerlas.
He leído algunas páginas y me doy cuenta de que mi hijo amaba la Palabra de Dios.
También compuso canciones para Dios. Yo creo que ese fue uno de los dones que recibió.
Los últimos días de su vida estuvieron marcados por el sufrimiento. Mirando hoy ese momento desde la fe, ¿qué enseñanzas le dejó Dios sobre el amor, la entrega y la esperanza?
Una de las cosas que más me ha ayudado es pensar en la Virgen María.
Durante años asistí a las representaciones de la Pasión de Cristo. Pero después de perder a mi hijo, cuando veo la estación en la que María encuentra a Jesús, la miro de otra manera.
Ella vio a su hijo golpeado, lleno de sangre y sufriendo. Y, a pesar de todo, permaneció firme.
Yo me decía: «Si ella se mantuvo firme, ¿por qué yo no?».
Yo sí sufro por mi hijo. Pero sufro porque ya no lo voy a ver, porque ya no lo voy a abrazar, besar o platicar con él.
No quiero reprocharle nada a Dios.
Hay cosas que se nos escapan de las manos y también hay momentos en los que nosotros mismos no nos cuidamos como deberíamos. No hay que echarle la culpa a nadie.
Yo acepto la voluntad de Dios.
No sabemos quién se va a ir primero, si los hijos o los padres. A mí me tocó sepultar a mi hijo. A otros les toca sepultar a sus padres. Hay que aceptar la voluntad de Dios.
¿Qué mensaje les compartiría a otras madres que hoy lloran la partida de un hijo?
La verdad, no me siento competente para decirles cómo deben vivir su duelo.
Cada persona vive una pérdida de manera diferente. Depende de cómo murió su hijo, de si pudieron verlo, de las circunstancias y de muchas cosas.
Lo único que sí puedo decirles es que hablen con Dios y lean su Palabra.
Es tan bonito leer la Biblia y darse cuenta de que ahí uno va encontrando la paz en el corazón y va aprendiendo a vivir el duelo poco a poco.
También quiero decirles que tengan presente que fueron buenas madres. No existe un libro para enseñarnos a ser madres, pero hicimos lo que pudimos con nuestros hijos.
Siempre los vamos a extrañar y seguramente vamos a llorar, pero tenemos que confiar en que están en un lugar junto a Dios y que algún día nos volveremos a encontrar con ellos.
Cada quien vive su duelo.
Yo conocí a una mujer que también perdió a su hijo. Cuando me contó lo que había sucedido, estaba enojada con Dios y no quería que nadie le hablara de Él.
Yo no intenté decirle nada más. La abracé.
Porque no era el momento.
Por eso creo que debemos entender que cada madre vive su dolor de manera distinta.
Pero cuando llegue el momento, hay que tomarse de la mano de Dios.
Después de un año, ¿qué queda de Irwing en su familia y en quienes lo conocieron?
Queda su amor, su ejemplo y todo lo que sembró.
Yo le digo: «Hijo, ayuda a quien tengas que ayudar. Si estás con Dios, háblale de tus amigos, de sus angustias y de lo que te llevaste de ellos. Dile a Dios que los ayude y de nosotros no te olvides».
Me alegra saber que otras personas también sienten su presencia y recuerdan lo que hizo por ellas.
Porque ahora entiendo que mi hijo sí dejó una semillita en muchos lugares.
Y eso me da paz.
Estoy triste porque ya no está físicamente, pero soy feliz porque creo en Dios y sé que Él está con nosotros.
«Dios me lo prestó 36 años», y por esos 36 años doy gracias.

CEO de CATOLIN, Lic. en comunicación por la Universidad Anáhuac Veracruz Campus Xalapa, Mtro. en Mercadotecnia por la Universidad de Xalapa, Fotógrafo y rapero católico.




