«el matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer»: León XIV
– Durante una emotiva homilía en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre recordó que la unidad familiar es signo de paz para el mundo y fuente de santidad para la Iglesia.

León XIV. Captura de de video vatican news.
(CATOLIN). – En el marco del Jubileo de las Familias, los Niños, los Abuelos y los Mayores, el Papa León XIV presidió una multitudinaria Eucaristía en la Plaza de San Pedro, donde dirigió una homilía centrada en la oración sacerdotal de Jesús y la vocación de unidad en el seno de la familia. Basado en el Evangelio de San Juan, el Pontífice reflexionó sobre el anhelo del Señor de que “todos sean uno”, y recordó que esta comunión es reflejo del amor trinitario: “El Padre que da la vida, el Hijo que la recibe y el Espíritu que la comparte”.
“El Señor no quiere que seamos una masa anónima, sino una comunión viva, como la que Él mismo tiene con el Padre”, explicó León XIV, destacando que la unidad no es uniformidad, sino un don divino que se arraiga en el amor. En ese sentido, aseguró que Jesús nos revela que “Dios nos ama como se ama a sí mismo”, y que su misericordia abraza a cada ser humano desde antes de la creación.
La homilía, impregnada de ternura pastoral, subrayó el valor fundamental de las relaciones familiares como espacio privilegiado de transmisión de la fe. El Santo Padre recordó que todos hemos recibido la vida antes de poder desearla y que necesitamos de otros para vivir: “Todos nosotros vivimos gracias a una relación, un vínculo libre y liberador de humanidad y cuidado mutuo”.
Ante los desafíos actuales que enfrentan las familias, León XIV ofreció una palabra de aliento y esperanza: “Incluso frente al mal que divide y mata, Jesús sigue orando al Padre por nosotros”, señaló, presentando esta intercesión como “bálsamo sobre nuestras heridas” y fuerza de reconciliación.
El Papa también hizo memoria de matrimonios ejemplares elevados a los altares, como los santos esposos Martín, los beatos Beltrame Quattrocchi y la familia mártir Ulma. A través de estos testimonios, destacó que el matrimonio cristiano no es un ideal abstracto, sino “el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel y fecundo”.
Dirigiéndose directamente a los esposos, padres, hijos y abuelos presentes, los exhortó a vivir su vocación familiar con coherencia, gratitud y generosidad. “Sean para sus hijos ejemplos de coherencia… Y ustedes, hijos, sean agradecidos con sus padres”, exhortó. A los ancianos les pidió ser “guardianes de sabiduría y ternura”.
Finalmente, el Papa concluyó recordando la dimensión trascendente de la unidad prometida por Cristo: una comunión eterna con Dios y con todos nuestros seres queridos que ya han partido. “Un día seremos uno, una sola cosa en el único Salvador, abrazados por el amor eterno de Dios”, afirmó, provocando una conmovedora ovación entre los presentes.
Homilía del Santo Padre León XIV
Plaza de San Pedro
VII Domingo de Pascua – Domingo, 1 de junio de 2025
El Evangelio que acabamos de proclamar nos muestra a Jesús que, en la Última Cena, ora por nosotros (cf. Jn 17,20). El Verbo de Dios hecho hombre, ya cercano al final de su vida terrena, piensa en nosotros, sus hermanos, y se convierte en bendición, súplica y alabanza al Padre, con la fuerza del Espíritu Santo. También nosotros, al entrar con asombro y confianza dentro de la oración de Jesús, nos vemos envueltos, por su amor, en un gran proyecto que abarca a toda la humanidad.
Cristo pide, en efecto, que todos seamos «una sola cosa»
(cf. v. 21). Este es el mayor bien que se puede desear, porque esta unión universal realiza entre las criaturas la comunión eterna de amor que es Dios mismo: el Padre que da la vida, el Hijo que la recibe y el Espíritu que la comparte.
El Señor quiere que, para unirnos, no nos agreguemos a una masa indistinta como un bloque anónimo, sino que seamos uno: «Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros» (v. 21). La unidad por la que Jesús ora es, por tanto, una comunión fundada en el mismo amor con que Dios ama, de donde provienen la vida y la salvación. Y como tal, es ante todo un don que Jesús trae consigo. Es, desde su corazón humano, que el Hijo de Dios se dirige al Padre diciendo: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste» (v. 23).
Escuchamos con conmoción estas palabras: Jesús nos está revelando que Dios nos ama como se ama a sí mismo. El Padre no nos ama menos que a su Hijo unigénito, o sea de manera infinita. Dios no ama menos, porque ama antes de nada, ¡ama antes que nadie! Así lo atestigua Cristo cuando dice al Padre: «Ya me amabas antes de la creación del mundo» (v. 24). Y es así: en su misericordia, Dios desde siempre quiere acoger a todos los hombres en su abrazo; y es su vida, la que se nos entrega por medio de Cristo, la que nos hace uno, la que nos une entre nosotros.
Oír hoy este Evangelio, durante el Jubileo de las Familias y de los Niños, de los Abuelos y de los Ancianos, nos llena de alegría.
Queridos amigos, hemos recibido la vida antes incluso de haberla deseado. Como enseñaba el Papa Francisco: «Todos los hombres somos hijos, pero ninguno de nosotros eligió nacer» (Ángelus, 1 enero 2025). Y no sólo eso. Apenas nacemos, necesitamos de los demás para vivir; solos no lo hubiéramos logrado. Se lo debemos a alguien más, que nos salvó, se hizo cargo de nosotros, de nuestro cuerpo y también de nuestro espíritu. Todos nosotros vivimos gracias a una relación, es decir, a un vínculo libre y liberador de humanidad y cuidado mutuo.
Es cierto que, a veces, esta humanidad se ve traicionada. Por ejemplo, cuando se invoca la libertad no para dar vida, sino para quitarla; no para proteger, sino para herir. Sin embargo, incluso frente al mal que divide y mata, Jesús sigue orando al Padre por nosotros, y su oración actúa como un bálsamo sobre nuestras heridas, convirtiéndose en anuncio de perdón y reconciliación para todos. Esa oración del Señor da sentido pleno a los momentos luminosos de nuestro amor mutuo como padres, abuelos, hijos e hijas. Y esto es lo que queremos anunciar al mundo: estamos aquí para ser «uno» tal y como el Señor quiere que seamos «uno», en nuestras familias y en los lugares donde vivimos, trabajamos y estudiamos: distintos, pero uno; muchos, pero uno, siempre uno, en cualquier circunstancia y edad de la vida.
Hermanos, si nos amamos así, sobre el fundamento de Cristo, que es «el Alfa y la Omega», «el principio y el fin» (cf. Ap 22,13), seremos un signo de paz para todos, en la sociedad y en el mundo. No hay que olvidarlo: del seno de las familias nace el futuro de los pueblos.
En las últimas décadas hemos recibido un signo que llena de gozo y, al mismo tiempo, invita a reflexionar: me refiero al hecho de que fueron proclamados beatos y santos algunos esposos, no por separado, sino juntos, como pareja de esposos. Pienso en Luis y Celia Martin, los padres de santa Teresa del Niño Jesús; y recuerdo también a los beatos Luis y María Beltrame Quattrocchi, cuya vida familiar transcurrió en Roma, el siglo pasado. Y no olvidemos a la familia polaca Ulma, padres e hijos unidos en el amor y en el martirio. Decía que es un signo que da que pensar. Sí, al proponernos como testigos ejemplares a matrimonios santos, la Iglesia nos dice que el mundo de hoy necesita la alianza conyugal para conocer y acoger el amor de Dios, y para superar, con su fuerza que une y reconcilia, las fuerzas que destruyen las relaciones y las sociedades.
Por eso, con el corazón lleno de gratitud y esperanza, a ustedes esposos les digo: el matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel y fecundo (cf. S. Pablo VI, Carta enc. Humanae vitae, 9). Este amor, al hacerlos «una sola carne», los capacita para dar vida, a imagen de Dios.
Por tanto, los animo a que sean para sus hijos ejemplos de coherencia, comportándose como desean que ellos se comporten, educándolos en la libertad mediante la obediencia, buscando siempre su propio bien y los medios para acrecentarlo. Y ustedes, hijos, sean agradecidos con sus padres: decir «gracias» por el don de la vida y por todo lo que con ella se nos da cada día es la primera forma de honrar al padre y a la madre (cf. Ex 20,12). Por último, a ustedes, queridos abuelos y ancianos, les recomiendo que velen, con sabiduría y ternura, por quienes aman, con la humildad y paciencia que se aprenden con los años.
En la familia, la fe se transmite junto con la vida, de generación en generación: se comparte como el pan de la mesa y los afectos del corazón. Esto la convierte en un lugar privilegiado para encontrar a Jesús, que nos ama y siempre quiere nuestro bien.
Y quisiera añadir una última cosa. La oración del Hijo de Dios, que nos infunde esperanza en el camino, también nos recuerda que un día seremos todos uno unum (cf. S. AGUSTÍN, Sermo super Ps. 127): una sola cosa en el único Salvador, abrazados por el amor eterno de Dios. No sólo nosotros, sino también los padres y las madres; los abuelos y abuelas; los hermanos, hermanas e hijos que ya nos han precedido en la luz de su Pascua eterna, y que hoy sentimos presentes, aquí, con nosotros, en este momento de fiesta.

CEO de CATOLIN, Lic. en comunicación por la Universidad Anáhuac Veracruz Campus Xalapa, Mtro. en Mercadotecnia por la Universidad de Xalapa, Fotógrafo y rapero católico.




