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Por amor a Jesucristo
Xalapa, Ver. 19 Junio 20. 11:00 hrs.
Columnista de CATOLIN
Ing. Francisco Martínez

Ing. en Sistemas por el Tecnológico de Monterrey, Coordinador de la Comunidad "Nueva Jerusalén"
    Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, pues Dios es amor (1ª. Jn 4,7b-8)

    ¿En qué medida conozco a Dios? La respuesta, que podría ser obvia, tendría como base una nueva pregunta: ¿En qué medida he amado?

    La medida de mi verdadero conocimiento de Dios estará pues en función de la medida en que he actuado con amor.

    Entre los enamorados es muy común la expresión: “Te amo con todo mi corazón”. ¿Es realmente posible amar a alguien con todo el corazón?

    Y si es posible, ¿por qué involucramos al corazón y no al cerebro, o al estómago?

    Para acercarnos a una posible solución a estas interrogantes, es necesario considerar que el ser humano tiene un número importante de órganos vitales. Y afirmar que un órgano es vital, quiere decir que, si esa parte de nuestro cuerpo dejara de funcionar totalmente, la vida humana estaría comprometida, es decir, moriríamos irremediablemente.
 
    Uno de esos órganos vitales es el corazón, y quiero primeramente en esta pluma de fe referirme a éste, porque la Sagrada Escritura menciona al corazón cerca de 1,000 veces, lo cual nos ayuda a intuir que el corazón es importante para Dios.

    El corazón ocupa un lugar más o menos central en nuestra anatomía y es el encargado de bombear sangre a todo el cuerpo. Técnicamente morimos cuando nuestro corazón deja de latir, aunque algunas funciones de otros órganos, incluyendo el cerebro, se mantienen activas a lo largo de algunos minutos más.

    El punto es que, si nuestro corazón deja de funcionar, nuestro cuerpo está comprometido, es decir, podemos morir.
 
    En el sentido espiritual sucede lo mismo.

    Si nuestro corazón deja de amar, nuestra alma puede estar comprometida y si no conseguimos corregir esto, el tipo de muerte que nos espera es mucho peor que la muerte física.
 
    Pero, para entender esto un poco mejor, vayamos al Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), que en el numeral 368 dice: “La tradición espiritual de la Iglesia también presenta el corazón en su sentido bíblico de <<lo más profundo del ser>> (Jr 31,33), donde la persona se decide o no por Dios.

    Así pues, el corazón además de que físicamente es un órgano vital, está asociado a nuestra vida moral y desde luego emocional.

    De esta manera, al escuchar la Palabra que dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” (Dt, 6,5), comprendemos que la propuesta del Señor no implica sólo manifestaciones externas para demostrar que le amamos, sino primeramente la convicción de que Dios sea el que ocupe el lugar principal de nuestra vida física, moral, emocional y espiritual, representada por el corazón.

    Este simbolismo tomará vida en nuestra persona en tanto el amor, aquel amor trinitario del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, tome forma tangible para llevarme a ser alguien diferente, alguien transformado por Dios, quien ha querido poner en mí, un corazón de carne que sepa amar, en lugar de uno de roca (Ez 36,26), cuya frialdad asemeja la dureza inerte de un sepulcro.

    Por eso el CIC en el numeral 2517 insiste: “El corazón es la sede de la personalidad moral: <<de dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones>> (Mt 15,19). La lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la purificación del corazón”.

    Esta “purificación del corazón” ha sido motivo de reconocer con humildad la fragilidad del hombre que clama como el salmista “Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mi interior un firme espíritu” (Sal 51,12).

    Nuestro Señor Jesucristo ha certificado la importancia de esto cuando declara “Felices los de corazón puro porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8).

    Y así, un corazón puro, encuentra en Dios, su más preciado tesoro. Fuimos hechos para Dios. Así lo dice San Agustín: “Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti”.

    Si Dios es nuestro más valioso tesoro, entonces amaremos con todo el corazón esta gran riqueza, porque donde está tu tesoro, ahí está tu corazón (Mt 6,21).

    Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (1ª. Jn 4,7b), y ese amor intenso que arde en el corazón de aquel que en verdad busca la pureza, que desea ver a Dios y que lucha porque Jesucristo sea su más valioso tesoro, necesita crecer con acciones sencillas, concretas y decididas.

    Es momento de preguntarnos a nosotros mismos: ¿Qué es lo que me mueve a hacer lo que hago cada día?

    Hay muchas respuestas posibles y algunas muy comprensibles.

   Hoy quiero proponerte algo que seguramente nos puede ayudar a vivir intensamente nuestra fe.
 
Haz cada cosa en tu vida por amor a Jesucristo.
 
    No te pido que cambies nada de lo que haces, excepto aquello que Dios te ha mostrado que debes dejar atrás, como resultado de la purificación de tu corazón.
 
    Para todo lo demás, sólo te invito a agregar un nuevo ingrediente.

    Pondré algunos ejemplos; tú puedes anotar lo que haces todos los días:

    •Haz tu trabajo con un corazón responsable, como siempre, y además por amor a Jesucristo.

    •Estudia con un corazón dedicado, como siempre, y además por amor a Jesucristo.
 
    •Realiza tu trabajo de casa con un corazón lleno de amor a tu familia, como siempre, y además por amor a Jesucristo.

    •Atiende a tus enfermos o vive tu enfermedad con un corazón paciente, como siempre, y además por amor a Jesucristo.
 
    Si cada acción la hacemos con amor en el corazón y por amor a Jesucristo, entonces cada actividad te llevará a conocer mejor a Dios.

    ¿Cómo empezar?

     Te propongo 4 sencillos pasos para cada día:
 
    1.    Al despertar da gracias porque estás vivo y pide al Señor que te dé en ese día un corazón puro, a ejemplo del corazón de nuestro Señor Jesucristo.
 
    2.    Al levantarte ora unos momentos y dile a Jesucristo: “Quiero el día de hoy hacer todo por amor a ti. Ayúdame si tengo dudas, sostenme si me debilito, y si no puedo mantener mi fe en pie, permite que caiga de rodillas para suplicar la fortaleza y el amor que le hagan falta a mi corazón”.
 
    3.    Intenta sólo por ese día hacer todo por amor a Jesús.
 
    4.    Vuelve al día siguiente al paso 1.

    ¿Quieres conocer mejor a Dios?

    ¿Quieres aprender a amarlo con todo el corazón?

    Te invito a hacer la prueba e intentar estos pasos. Seguro no perderás nada y posiblemente descubrirás grandes bendiciones.

    Que Dios nos conceda un corazón puro, que encuentre en Jesucristo su más preciado tesoro.
 
    Un corazón que ame intensamente al Señor.

    Un corazón que viva intensamente para Dios.
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